BALDOMERO

BALDOMERO

Baldomero, poesías de Baldomero Fernández Moreno e ilustraciones de Martín Malamud

Tapa rústica con solapas

Color y B/N. 80 páginas.

Español

Wolkowicz Editores

Baldomero es una experiencia compleja de transmitir. La sensibilidad poética de Martín Malamud tiene tono de ilustración y articula palabra e imagen a través de una sencillez que capta con precisión la atmósfera del mundo Fernández Moreno. Malamud nos conduce por una galería de imágenes que son una reescritura de aquellos poemas que el poeta argentino escribió entre los años 1915 y 1949, en los que asoman siempre las estrellas,  el campo, los árboles y varios pájaros (uno es “torvo y ceniciento”) o pobres muebles que tienen al alba “un manso despertar”.

Así la poesía se vuelve en ocasiones narración, en páginas como “Café literario”, donde el lector accede al conflicto a través de la imagen -que es poética, sí, pero es además ilustración-; en “Años”, en donde un discurrir de la conciencia se hace dibujo; o en “Poeta”, donde el protagonista “ve extendido entre dos troncos verdes / un hilillo de araña blanquecino / balanceándose un poco al aire leve. / Y levanta el bastón para romperlo, / y ya lo va a romper, / y se detiene”.  Y entonces uno va a dar a los confines del lenguaje, y no puede dejar de preguntarse por su condición creativa, por su poder inestimable, por su carácter sagrado. Y es que a su vez esa sonoridad se vuelve imagen, misterio.

También el tono -en su sentido más gráfico- hace su convincente propuesta: viaja de los amarillos de “Cardos” a los fuegos rojos y naranjas que crean “este día baldío”, pasando por los verdes de “Pasa el señor Gobernador”, y por el colorido de “Soneto de tus vísceras”: “Harto ya de alabar tu piel dorada, / tus externas y muchas perfecciones, / canto al jardín azul / de tus pulmones / y a tu tráquea / elegante y anillada”, donde también el yo poético se vuelve dibujo: “yo soy un sapo negro con dos alas”.

Por su parte, el negro y blanco delinean también sus paisajes: un hombre llora “sobre la ciudad mojada”; “Todos duermen en el tren, / todos duermen menos yo. / Nadie tiene sed de espacio, / sed de luna, sed de Dios”; otro hombre, “el que pierde ocasiones / y el que las llora” corre por andenes vacíos: “Ahora soy humo / una antorcha caída / al pie de un muro”.

De este modo, la potencia visual del poeta se pone en diálogo con un trazo que consigue por un momento asir lo inasible, el poema. Malamud hace uso de las diferentes texturas del noveno arte logrando que la poética de Fernández Moreno se envuelva de un halo que es otra materia y vale la pena contemplar.